domingo, 8 de septiembre de 2013

27

A los 7 años en verdad creí que si me tragaba las semillas de sandia o de naranja, crecería un árbol de tales frutas en mi estómago. Eso me lo dijo de broma mi mamá. ¡Qué hermoso funciona la imaginación a esa edad!

Al momento de mi nacimiento se celebraba el partido México vs. Paraguay en el mundial de México 86. Empataron. Yo anoté a las 15:15 pm.

A los 19 años supe lo que era de verdad ganar algo para mí, algo valioso que yo elegí y nadie podría ni podrá quitarme. Entré al lugar que deseaba para aprender Artes.

Tenía 24 años cuando inicié el camino más pleno y el reto más gratificante para mi cuerpo y mi espíritu, cuando comencé en el mundo de la danza aérea.

En un cine llamado Agustín Lara, enorme, de una sola sala y donde aun había intermedio, tenía yo 5 años cuando se me cayó mi primer diente mientras veía "Daniel, el travieso".

Casi no recuerdo qué sucedió a los 8 años, después de que en la víspera de las fiestas decembrinas de ese año mi mamá se fue al hospital y ¡jo, jo, jo! volvió con un diagnóstico incurable.

La arena suave y los colores verdes y azules en agua inmensa fue lo que conocí por vez primera a los 3 años de edad en un mini bikini moradito.

Una celebración de un día entero de cine, mojitos y una fiesta de disfraces fue lo que me obsequié para mis 21 años. Un glorioso y memorable año.

Descubrí una fortaleza incluso mayor que la que ya tenía, un amor infinito, bello e incondicional y una capacidad de reacción admirable la noche que nació mi adoradísimo sobrino cuando yo tenía 25 años.

Los viajes son uno de los alimentos preferidos del alma, sino es que son el postre. A los 16 , viajé sin acompañante hasta Chiapas para encontrarme con su Naturaleza y esplendor, y a mi amiga y su familia que me recibieron muy amablemente.

Relatan semejante mañana legendaria, en casa de mis abuelos que me cuidaban, en la que un llanto terrible de bebé emberrinchado duró desde que una de mis tías se fue al trabajo hasta que volvió a la hora de la comida. ¡Vaya pulmones a los 2 años!

Y hablando de lágrimas, conocí el llanto más profundo, el dolor que deja sin hambre, la desolación más grande por amor y al tiempo, un enamoramiento sin precedentes, desbocado, crudo, obsesivo, cuando tenía 22 años de edad.

Mis pensamientos son solo míos. El ejercicio diario de una caminata de 20 minutos, aunque obligada porque así me debía regresar de la escuela, me ayudó a sin querer meditar y vagar conmigo misma... y a veces un chocotorro o un gansito. Sí, tenía 13 años.

La primera vez que estuve en un escenario de duela siguiendo las instrucciones "rosa, azul, rosa, azul" para pie derecho y pie izquierdo, y que bailé el vals de las flores de Tchaikovsky, esa vez tenía yo 4 años.

Imaginaba mundos y proyectos infantiles como una fiesta de niños, a la que asistieron mis primitos y dos amiguitas más, o el periódico de mi colonia, los campamentos en mi cuarto y juegos infinitos en un parque sin columpios; todo ello al lado de mi fiel compañero de la vida: mi primo. A los 9 años , él tenía 5.

Las carcajadas a las 3 a.m. en la piyamada de cumpleaños, el sinsentido adolescente y el goce de esos años los viví junto a mis dos hermosas amigas que me acompañan desde esa época, de lo mejor que tuve a mis 17 años.

Aprendí de secretos, anécdotas de familia y de que es posible dar un giro a los esquemas bajo los que te han criado a través de un oído atento y un inconsciente al descubierto. Pláticas valiosas a los 12 años que reverberarían para surtir gran efecto unos años después.

Pequeña desilusión cuando llegó mi pastel de 6 años, pedido especialmente por mí hacía ya varios días, mi pastel de conos de helado, al ver que lo que tenían los conos no era helado sino merengue, harto y empalagoso. Lecciones: Las cosas no son lo que parecen, a veces deben adaptarse. Sobrepuse mi desencanto y amé mucho mi fiesta.

A los 26, se me detuvo el corazón un momento y se me salió del cuerpo para habitar en el alma del hombre más noble, paciente y amoroso que he conocido. Desde entonces levito al caminar de su mano y así deseo que continúen las cosas.

Mi alter ego felino, negra, pequeña, dulce y fiel llegó a mi casa sin permiso por una maniobra que urdimos entre mi hermana y yo. Años felices con mi negra consentida, los que pudo estar desde que yo tenía 15.

"Así, enamorada, entrégame tú la caricia suprema de amor" y otras frases que no comprendería sino hasta mucho después pero iban quedándose en mi mente y deseos. Esas frases que aprendí al hacerme fan de Pedro Infante a los 10 años. Culpo enteramente a mamá de eso, y le agradezco.

Un secreto capaz de dividir a muchos que están cerca me partió a mí en pedazos, se me caía la piel y el cabello, estaba en ruinas mi espíritu y muchas cosas en las que creía. Pero callada, despacio, lentamente otra parte de mí, a los 23 años, comenzó a remar hacia otras lenguas y hacia descifrar por medio de mis propias palabras de dónde, por qué y cómo vino tanto dolor.

-Oye, me dijo ese chico que le gustaste a su amigo.
-No, no, no, pero ¿yo? ¿cómo? Bueno, exactamente ¿qué dijo?.
Por primera vez, a mis 14 años podía gustarle a alguien. ¿Habría sido mi peinado, mi maquillaje? ¿Lo que dije? ¡Pero si ni hablamos!

¿Conocer a la hija del señor más podrido en dinero de este país (no sé si aun de todo el mundo)? ¿Trabajar (voluntariamente) para ellos? Sí, cuando di unos primeros pasos en el mundo del arte, quise ver un museo tras bambalinas y estuve ahí con ojos abiertos y un poquito de mi timidez de 18 años.

Igual que a mamá, igual que a mi hermana, a las 3 nos pasó a los 11 años, aquel evento que se repetirá sin cesar cada mes durante muchos años. No fue trágico tampoco mágico.

Pausé mi telenovela de amor protagonizada por dos personajes y medio, entonces viajé a 5 países, 10 ciudades. Vi, comí, lloré, reí, viví. Podría vivir en Roma y en Madrid, no hace frío. Regresé y la telenovela agregó capítulos extra, incluso hubo capítulo de cumpleaños número 20.

Y ahora a ver qué tal los 27...

No hay comentarios:

Publicar un comentario